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lunes, 25 de abril de 2011

Discusión conyugal



Hoy Olvido y yo hemos peleado, y como todas las parejas nos hemos empezado a echar cosas en cara. Yo le he reprochado el alzheimer selectivo que padece últimamente en nuestras discusiones, y advertido que puede convertirse en involuntario. Él me ha replicado,

- Es gracias a ese "mal" que hemos sido felices hasta ahora. ¿No lo crees así? A veces es necesario.

He respondido sí, no del todo convencida.
Me ha dado un beso en la frente. En el fondo le amo, sinembargo... nada *es eternamente.

lunes, 21 de septiembre de 2009

Verbos en la noche




-Lo escuchas Sofie? Aún quedan verbos en la noche… ahí están: amar, olvidar y morir
-Cual de ellos crees que es el tuyo hija?
-No se abuela… creo que es amar
(la abuela rompe a reir)
-Ese es el de todos los niños pequeña, yo también tuve uno al tener tu edad
-De verdad?
-Claro! Estaba justo en aquella esquina, al lado izquierdo de la luna… pero hoy no esta, el cielo está un poco nublado de aquel lado…
-Ah
(dice Sofie mirando al cielo, donde le señala su abuela)
-Ves el tuyo Sofie?
-Sí sí abuela! creo que es aquel de allá!
(la abuela sonríe y la mira. Ella le devuelve la mirada)
-Bien niña, tienes que procurar cuidarlo. Cada noche antes de ir a dormir mandale un beso, luego escribe todo lo que le quieras decir, mayormente se alimentan de sueños, no te costará (dice sonriendo) estás llenita de ellos, algún día brillarás a su lado.

-Abuela…. Que pasa con olvidar y morir? Ellos no tienen quién les cuide?
-Claro que sí pequeña… a olvidar la abuela le vierte todos los días hojas del calendario,
para él es más de su agrado que le arrojes migajas de entre los dientes, las que quitas con el palillo.
-De verdad? Entonces le echaré yo también
(la abuela caracajea)
-No cariño… para ello has de ser más mayor.
-Ah… Abuela… y morir?
(de nuevo la abuela sonríe)
-No te preocupes por él pequeña, porque jamás está solo… el se sienta y nos mira… y con eso le es suficiente, ese verbo en verdad, es el que nunca se apaga y ¿sabes por que?
(No no, hace la niña con la cabeza)
Porque él es quién nos contiene a todos.

(la abuela da un beso a Sofie y la arropa en la cama. Al salir ella del cuarto Sofie de nuevo se levanta y corre hacia la ventana).

-Amor, tienes que prometer no marcharte y has de cuidar del amor de allí, el de aquella esquina, que es el de mi abuela, hoy estaba un poco triste porque le vió nublado


(la niña se gira para volver a la cama, se muerde los labios y se gira para hablarle de nuevo)

A! y puedo pedirte una cosa más? Cuida también a olvidar y morir, ambos en el fondo deben sentirse muy solos, no creo que ni a uno ni al otro les agrade no comer o alimentarse solo de migajas.Un beso amar. Buenas noches.


lunes, 4 de mayo de 2009

"Silencio" y "El hacedor de rosas"


Silencio
A veces nos pasa, no encontramos las palabras. Es por dejarlas escondiditas por temor a que se escapen.
Una vez conocí a un monje, decía que cuando uno no sabe que decir, vale la pena callar.
Él las tenía enclaustradas, así, ellas crecían y se le multiplicaban en los cajones de la cómoda como a un filósofo.
Nunca salió del convento. Años después alguien me dijo que había muerto, yo, hacía tiempo que lo sabía.
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El hacedor de rosas
Trabajó durísimo y al fin pudo conseguirlo, la cosa más hermosa que hubiesen hecho sus manos; una rosa, con la belleza efímera de una servilleta de papel.
Quedó un rato contemplándola, entre incrédulo y orgulloso, y se volvió hacia el cubo de la basura, feliz, mientras aquel no hacía más que escupir bolitas rotas. Lo he hecho, pensó.
Las siguientes rosas ya le salieron solas.

sábado, 28 de marzo de 2009

Infanticidio

Alicia

De pequeños jugaban a las canicas. Uno hacía los hoyitos mientras el otro preparaba las bolas.
Las canicas salían como por arte de magia de la boca de un monstruo de hierro que Juanito tenía en el campo y nadie sabía muy bien como había llegado allí. Hechas del mismo metal, les engrasaban los deditos cada vez que cogían una y tiraban.
Desde lejos, en el cielo, se veían pasar aviones. Juanito les decía que sus huellas de humo, eran el trineo de Papa Noel.

5 Lobitos

Ella tenía arte para esconder bien las escobas. Nadie pudo barrer la polvareda.

Vuelos II/ Sal



Vuelos II

Alfredita me contaba que un día se despertó entre algodones dentro de una bañera. La cosa pintaba rara, decía, todo se había vuelto azul; los ladrillos, el piso, la pila, su cuerpo. Todo! Estaba desnuda. Entonces hizo amago de levantarse y cual fue su sorpresa, en los pies, llevaba las botas puestas. ¿Qué significa esto?, preguntó, pero quién contestó fue el eco, ¿Qué significa esto?.
Tras incorporarse y cruzar la frontera de mármol entre la horizontalidad y la verticalidad, sus pies tocaron el suelo soltando un "plaf" "plaf". Tenían el agua dentro. Se volteó, la bañera estaba vacía. La noche, probablemente la había soñado.

Sal

Cuando llegó a la playa ya todo estaba ardiendo, no había mar por mucho que lo buscara, y su mudez de sueños se le había arrugado en la palma de la mano, en forma de siete bolitas de papel. Floreciendo, aquellos siete papelitos, volvieron de verano el equinoccio y ella sintió el temblor de un niño dentro a medida que se alejaban en el mar, con ese vaivén coital que solo saben las olas. Después, San Juan pasó. Al tiempo, seguramente se le fueron olvidando con hogueras de otras noches.

Puntos de vista/ Silencio



Puntos de vista

A ella lo que en verdad le gustaba, eran las berenjenas, ese color morado tan negro, como en el negro podía verse el morado. Cuando se hizo mayor plantó su propio huertito, un invernadero de frutos varios, de verduras, que nunca regó y que procuró encubrir del sol lo más que supo, a la espera de que de allí saliera algo tan intenso como el color de las berenjenas.

Silencio

Bajo la mudez de Don Juan Autista, siempre hubo muchas palabras. Su mujer le pegaba, eso decían, su madre le torturó un gran tiempo, el justo antes de partir de casa. Y la casa se la partieron. Nunca se dijo nada.

martes, 3 de marzo de 2009

Indicios Vehementes/ Vehemencias


Indicios Vehementes

Todos conocían al relicario, tenía un humor de perros y parecía querer alumbrar las noches todas las mañanas. De cada cosa buena, llegan nueve malas, murmuraba para sí entre dientes. ¿Sabéis que he recibido esta mañana?; Una sortija de desmatrimonio, velas de algún naufragio y algunos perfumes baratos que no hay a quién vender!
Enfurruñado mordía los objetos, no por que no se fiara de su valía sino por pura incredulidad. Siempre eran auténticos, él había de aceptarlo.
Un día, como siempre, abrió la paraeta y se vio un bebé. La joven que lo vendía le dijo:
Puede usted morderlo, es de verdad.
E Ignacio, el relicario, lo acogió como si oro fuere, era la cosa más linda que nunca le hubieran traído.
Dicen que después de eso, dejó de ejercer. Se había vuelto de pronto el hombre más rico del mundo.

Vehemencia

Hacía tiempo que Pepita viajaba a Barcelona, porque el alzheimer le había retrocedido la memoria a aquel capricho pasajero. Por ello preparaba día a día anclas de rana, para llevarlas a Girona al que fue su primer amante, que trabajaba allí y era difunto. Era su plato preferido, le repetía Pepita a Matilde (su hija).
Mientras Matilde, pelaba y horneaba alcachofas.

Estaciones



Estaciones

La llamaban Sorcière porque nadie la conocía y llevaba su casa a cuestas siempre de tren en tren.
El día que la conocí, de veras lo parecía. Ataviada en época, enrolladita en oscuras mantas de singular textura y punto. Limpió la silla de la "salle d'attente" de la estación antes de sentarse. Solo cuando pensó que nadie la miraba fue, que de su alforja empezó a sacar, lo que me pareció desde lejos, manojos cardados de pelo gris. Un escalofrío me estremeció el cuerpo. Se puso a hilar, los pasaba primero por el pie, luego por la prensa de su dedo y finalmente los humedecía con cuidado, con la lengua, y los metía por el filo de la aguja con la que se disponía a tejer un nuevo hábito. Al alzar la vista para enhebrar, descubrió que la había visto. Paró en seco, se levantó con una frialdad que yo compartí, a la espera de que no me maldijese, y se acercó olisqueando como quién tantea a su presa. Tragué saliva.

Esa noche Sérile, así me dijo que se llamaba, me confesó que, en efecto, los ovillos de pelo que cosía con tanto arte, no eran más que literatura, de lo que fue maestra. Se los había cortado para vivir allí en la estación, abrigada, porque a su parecer, su casa estaba sucia.

Insectos varios


Insectos varios

Las cucarachas trepaban por las cortinas durante la cena y Shara que les tenía cierto receso les daba la espalda. En el segundo plato alguien osó decirle que había una concreta que la miraba. De un momento a otro una marabunda de ellas le trepaba a gritos entre las piernas.
Terminamos bebiendo té, allá en donde vivían, nuestro sótano.
Nada hubo que pudiera hacerse tras el asentamiento. 
 
Insectos varios II

No se quién preguntó una vez del misterio de las mariquitas.
-¿Como hacen para llegar al décimo?
Infortunadamente nadie pudo contestar. Nos quedamos mirando perplejos los unos a los otros sin articular palabra.
-¿Como vuelan hasta allí?
- Quizás caigan desde arriba-. Bromeó Claudia despertando diferentes carcajadas.
Largo tiempo después una de ellas apareció en mi cuarto.
Las ventanas estaban coladas.

NIño preso/ Rotos



Niño preso

De lejos chapoteaba Miguel con los ojos mientras el charco le miraba.
Miguel solía viajar descalzo y de traje.
Sus pies ardían como los fueguitos que prendía al paso con su perfume.
Pero había abandonado la ilusión.
Su ilusión se había escondido allí en aquel triste charco que le añoraba,
perdiéndose en la atmósfera según Miguel había decidido crecer.

Rotos

Una vez creyó Paloma que la noche estaba resfriada. Escuchó estornudar a las luces... decía.
Y ella insomnolienta, para hacer que se curara, quedó desnuda y pudo vestirla,
al menos por el pedacito de cielo que se le descosía.
Paloma ya tenía ocho años... y estaba cansada de los remiendos,
pero había sabido desde muy pequeña que las noches rotas no pueden soñar... y a ella
le gustaban tanto los sueños...

lunes, 23 de febrero de 2009

Manos tijera


Itxaso engullía regresos. Tenía una colección de billetes de tren dispuestos por orden en su estómago, que de vez en cuando protestaba y se los escupía en forma de flores amarillas.
Según había pasado el tiempo, se había convertido en costumbre, derivado en manía, y cada vez que otro de ellos atravesaba con un guiño su garganta todo se le subía o le bajaba y no había manera de parar de devolver entre raíces.
Así obtuvo su jardín precioso, con innumerables partos y horas de podar. Ahora sus nietos la ayudan y han cambiado los colores.